UN LADRILLO MÁS (O MENOS)

Ahora, este no es el fin. No es siquiera el comienzo del fin. 
Pero es quizás el fin del comienzo. Winston Churchill

Después de tantos días (meses) de protesta, los venezolanos parecemos estar entendiendo con qué se come eso de la “resistencia civil”. Mientas muchos participan de todas maneras, el ruido de los compatriotas que menosprecian la idea y de aquellos (un poco más bobos) que tuitean en favor de milicias opositoras armadas, se ha reducido a un leve zumbido.

Hace 18 años creímos que el país sólo atravesaba “una fase” y que si lo ignorábamos o, mejor aún, nos reíamos, el problema se resolvería sólo. Sorpresa: no lo hizo.

Civil_Resistance_ÉxitoEntonces probamos con la fuerza de las armas y fuimos aplastados cuando nuestra torpeza sirvió sólo para fortalecer al primer déspota. Pagamos caro obviar la evidencia histórica de que la opción armada sólo es exitosa en 26% de los casos y que apenas un 4% de los pueblos que destronan la opresión de manera violenta gozan de democracia 4 años después.

Luego intentamos con las leyes e instituciones, ciegos ante el hecho de que elecciones, referenda, etc. están condenados al fracaso ante un poder omnímodo que controla los aparatos electorales y clientelar (el palo y la zanahoria). Lo que es peor, el principio rector de nuestra lucha siempre fue el “deber ser”, o sea: la convicción de que las instituciones y el estado de derecho eventualmente triunfarían como panacea para librarnos de todo mal. Inexplicablemente, insistíamos en que necesitábamos elecciones para ser libres y nos enfurecía cualquier sugerencia de que la cosa era al revés.

Más adelante, bien entrada la segunda encarnación de la tiranía y luego de reagruparnos un par de veces, optamos por una negociación (disfrazada de diálogo), ignorando u obviando la ausencia total de las condiciones necesarias para una negociación: teníamos escasos instrumentos de intercambio para un toma-y-dame (y el que teníamos: la calle, lo archivamos); carecíamos de fuentes alternas de lo que reclamábamos y peor aún, no teníamos medios para castigar el incumplimiento de los “acuerdos”. Como agravante, aceptamos como facilitadores a un equipo de dignatarios irrelevantes, liderados por un Jefe de Estado de un país sin economía, fuerzas armadas o poder judicial significativo y una “constitución” de 20 Artículos: precisamente aquellos elementos cruciales de nuestro dilema.

A lo largo de estas etapas de la pena nunca abandonamos el optimismo bobo de que la entropía cabalgaría al rescate. En este escenario demencial, una mezcla de desesperación y vergüenza, combinadas con las fuerzas del mercado y el brío criollo salvarían la patria “cuando bajen los barrios”.

No obstante estos fracasos, quienes favorecían el derrocamiento violento y los que abogaban por la salida electoral pudieron cómodamente silenciar a la minoría que comprendieron temprano que sólo una estrategia de resistencia civil encerraba esperanza alguna de liberar a Venezuela. Y recordemos que uno de ellos recibió una condena de 14 años porque el régimen sí lo comprendió.

Los venezolanos hemos aceptado al fin que la resistencia civil no es de por sí una posición de principios en rechazo moral a la violencia, sino más bien el reconocimiento pragmático y estratégico de que, frente a tropas armadas, civiles inermes marcharían al matadero. Es el desmontaje del mito de que la tiranía consiste en un grupúsculo de facinerosos que subyugan a millones, cuando la verdadera subyugación es imposible sin la obsecuencia del subyugado. Es, además, el reconocimiento de que el adjetivo en la frase “resistencia civil” se refiere a los métodos, no a los participantes, ya que la concurrencia de los uniformados es clave, sobre todo al final.

Las ventajas de la resistencia civil por sobre sus contraparte armada yacen en su capacidad de reclutar a un espectro mucho más amplio de la ciudadanía y de abrir múltiples frentes simultáneamente. El conflicto armado puede contar sólo con la participación de los más jóvenes, saludables y principalmente (pero no exclusivamente) de los hombres. La resistencia civil, en cambio, convoca a una muestra mucho más amplia y representativa de la población; cada uno luchando a su manera y de acuerdo a sus talentos y limitaciones.

Los venezolanos parecemos haber finalmente comprendido esto y hemos desatado el poder (sí el famoso “People Power”) de la resistencia civil en formas cada vez más contundentes e imaginativas. Aún quienes, no obstante adversar al régimen maldicen y putean los “trancazos”, han aceptado que estos son la única forma de protesta al alcance de amplios sectores de la población sin la juventud, fuerza, valor (o insensatez) para marchar durante horas o enfrentarse a la Guardia Nazional en las barricadas con puputovs. La integración y sobre todo el empoderamiento de estos compatriotas también importa.

De manera conexa, pareciera también que aquellos quienes al inicio rechazaban cualquier papel para los desertores del régimen han llegado a aceptar que su participación es crucial, no obstante la gimnasia moral que tengamos que soportar para acogerlos.

De la misma manera y a juzgar por la abrumadora concurrencia, pareciera también que quienes menospreciaban el plebiscito o consulta (o como quiera llamarlo) del 16j, han tenido su  propia epifanía. Aún quienes tildaron el resultado de gesto “legalmente inejecutable” (¡no me digas!) participaron, considerándolo al menos como victoria “simbólica”, pero sólo un necio desestima el poder de los símbolos en los asuntos humanos.

Gran parte de las tácticas y victorias de la resistencia civil son simbólicas, al principio; en el sentido de que no son la “cosa”, el objetivo, en sí, pero lo representan. La demolición del Muro de Berlín también fue “simbólica”, pero reto a cualquiera  a que cuestione su importancia. Entendido en su justa dimensión y canalizado, ese plebiscito representó un ladrillo menos en nuestro muro, aunque aún queden muchos ladrillos.

Al cerrar antes de irme a dormir para cargar pilas para las acciones que emprenderemos mañana viernes 28 de julio, venimos saliendo de un exitoso paro nacional de 48 horas convocado por los líderes de la oposición (y sí, son oposición y son líderes aunque te caigan mal personalmente) para hacer frente unido con el fin de forzar (no rogar, no solicitar: forzar) el descarrilamiento de una “elección” corporativista convocada por Nicolás Maduro para imponer el gobierno por soviets en Venezuela.

Esta elección, la cual arrancó como un simple posicionamiento de negociación por parte de un tirano desesperado (y que luego se le fue de las manos), es posiblemente la amenaza más significativa que ha enfrentado Venezuela en su historia, no sólo como república, sino como país. A juzgar por la calle y leyendo entre líneas las contadas declaraciones verosímiles que llegan a uno, el pueblo y los líderes hablan como uno sólo: la Constituyente no va. Así la hagan, no va.

ANOTHER BRICK

Die_Mauer
Now, this is not the end.
It is not even the beginning of the end.
But it is, perhaps, the end of the beginning.
Winston Churchill

After so many days (months) of protests, Venezuelans may be starting to get this “civil resistance” business. Whilst many are confused but participate anyway, the sound of compatriots who continue to disparage the idea as weak and of the other, more foolhardy ones, tweeting for armed opposition militias, is down to a dull murmur.

18 years ago, we believed that the country was simply “going through a phase” and that if we ignored it or, better still, laughed it off, the problem would simply go away. It did not.

Civil_Resistance_Success

Then we tried force of arms and were crushed when our folly only served to strengthen the first despot. We paid dearly for ignoring historical evidence that the armed option is successful only 26% of the time and that barely 4% of those who depose oppression violently enjoy democracy and stability 4 years later.

We then tried the law and institutions, blind to the fact that elections, referenda, etc. are doomed to fail in the hands of an almost omnipotent adversary who controls the electoral and the “carrot-stick” patronage apparatus. What is worse, an ever-present guiding standard of our struggle was our insistence on the “deber ser” (loosely: what should be), or the overwhelming conviction that institutions and the rule of law must eventually prevail as the panacea for all our travails. Inexplicably, we insisted that we needed elections to be free and became incensed at any suggestion that quite the opposite is true.

Later, with tyranny well into its second incarnation and after regrouping a couple of times, we opted to negotiate (under the guise of “dialogue”), failing to acknowledge the absence of the necessary conditions for negotiation: We had precious little media of exchange for a give-and-take (and the one we had, the street, we shelved), lacked alternate sources of the concessions we demanded and, worse still, had no means to punish non-compliance with “accords”. To make matters worse, we accepted as facilitators a team of irrelevant dignitaries, led by a Head of State of a country with no economy, no military, no relevant judiciary and a 20-Article “constitution”; precisely the elements at the crux of our dilemma.

Throughout these stages of grief we never abandoned the mindless optimism that entropy itself would come to the rescue. In this demented scenario, a combination of desperation and shame, combined with market forces and sheer criollo chutzpah would win the day “when the barrios descend”.

These failures notwithstanding, those that favoured the violent overthrow and those who espoused the electoral ouster of the regime managed to quite handily silence a minority of those who understood early on (and one of them has paid the price with a 14-year jail sentence) that only a strategy of civil resistance has any hope of freeing Venezuela. Dance therapy (“bailoterapia”) of the weak and misguided, they called it. No more.

Venezuelans have finally accepted that civil resistance is not an act of weakness but a show of force. It is not a principled or moral rejection of violence per se, but rather the pragmatic, strategic acknowledgement that, faced with armed troops, unarmed civilians only march to slaughter. It is the deconstruction of the myth that tyranny consists of a small coterie of miscreants who subjugate a population of millions, as true subjugation is impossible without the agency of the oppressed. It is, furthermore  the recognition that the adjective in the phrase “civil resistance” refers to the methods, not the participants, as the eventual concurrence of the men and women in arms will be key, especially towards the end.

The advantages of civil resistance over its armed counterpart lie in its ability to enlist a far wider spectrum of the population and the concomitant capacity to open multiple fronts. Armed conflict can only count on the participation of the youngest, healthiest and mainly (but no exclusively) male citizens. Civil resistance, on the other hand, can convene the widest possible cross-section of the population, each fighting in his or her way and according to their talents and limitations.

Venezuelans seem to have finally understood this and have, to the best of their abilities, unleashed the power (yes, the famous “People Power”) of civil resistance in increasingly forceful and imaginative ways. Even those who, whilst opposing the regime, bitched and moaned about the “trancazos” (street closings) have managed to accept, if even at a subliminal level, that that is the only form of protest open to a large section of the population, not young, strong, brave (or reckless) enough to march for hours or face the Nazional Guard at barricades with Poo-Poo-Tovs. Their involvement and empowerment matters too.

In a related development, it seems that those who initially begrudged any role for regime deserters have come to accept that it is crucial. Their involvement also matters, regardless of the moral gymnastics that we must stomach in order to embrace them.

Similarly, judging by the overwhelming turnout, it seems that those who derided the plebiscite or consultation (or whatever you want to call it) of 16th July have had their own epiphany. Even many of those who still belittle it as a “legally unenforceable” (DUH!) gesture seem to have participated, considering it at least a “symbolic” victory.

And of course it is “symbolic”, but only a fool belittles the power of symbols in human endeavours. Most civil resistance is symbolic, at first, in that achievements are not the “thing”, the ultimate objective, itself (that’s what symbolic means). The demolition of the Berlin Wall was also symbolic, by this definition, but I challenge anyone to question its significance. If understood in its proper dimension and adequately channelled, the plebiscite was our “Wall Moment”, but there is still a ways to go and many bricks in our wall.

As I write, on Wednesday 26th July, Venezuelans have embraced a 48-hour general strike and protest convened by the opposition leadership (and yes, they are both opposition and leadership whether you or I personally like them or not) in an unified front to force (not beg, not request; force) the cancellation of the corporatist “election” called by Nicolás Maduro to impose rule by soviet in Venezuela.

This election, which clearly started off as misguided negotiating posturing on the part of a desperate tyrant and quickly got away from him, is perhaps the single most significant threat ever faced by Venezuela, not only as a republic, but as a country. Judging by the street and reading between the lines of what few credible statements filter out, it shall not pass.

EL PUENTE DE PLATA

Silver bridge¿“No destruyo a mis enemigos cuando los hago mis amigos”? 
Abraham Lincoln

La reacción popular a la carta-video de Yibram Saab Fornino a su padre ni siquiera esperó a que se secaran los bytes en el ciberespacio para asomar cabeza. Desde los improperios, pasando por “muy poco, muy tarde” y llegando hasta ¡qué valiente!, ¡qué lindo!, los juicios del vulgo continúan colmando las redes, pero, al menos en lo que he visto, el veredicto es predominantemente negativo y/o está tiznado del espurio e irrisorio savoir faire de politólogos domingueros denunciando sofisticadísimos ardides.

Similares tratos han recibido la Fiscal, la jueza que salvó el voto, los militares que piden asilo en Colombia y hasta Juan Manuel Santos. E incluso quienes acogen las actuaciones o gestos a regañadientes, no resisten finalizar con un “tarde piaste, pajarito, ¡igual vas a pagar!”. Y es quizás esto último la mejor prueba de que, a pesar de lo avanzado del partido, los venezolanos aún no entendemos con qué se come eso de la “resistencia civil”.

La opción por una resistencia civil, es decir: la lucha no violenta, es una decisión estratégica, no una posición principista. No es, per se, un rechazo moral a la violencia sino un reconocimiento pragmático de que, ante tropas armadas, civiles inermes sólo irían al matadero. Es también el reconocimiento de que el adjetivo en la frase “resistencia civil” se refiere a los métodos, no a los participantes ya que el concurso de los militares (por acción u omisión) llega tarde, pero llega y si no, fracasaste. Así ha sido en otras partes, incluso en Venezuela cuando PJ, cuando una gesta civil de años fue apoyada primero por el sector público, luego por las fuerzas de orden y al final por los militares.

La opción es, además, el reconocimiento científico de que la opción armada tiene éxito en sólo un 26% de los casos, e incluso cuando se logra salir de un déspota por esa vía, sólo el 4% de quienes logran el cambio por ella disfrutan de gobiernos democráticos y estables 5 años después*.

Finalmente, la resistencia civil desmonta el mito de que la tiranía consiste en un hombre fuerte, rodeado de un grupúsculo de facinerosos, quienes subyugan a toda una población de millones, al comprender que no hay dictadura posible sin que los sometidos sean partícipes de su propio sometimiento. Y es desde esta epifanía que se deben formular la estrategia y las tácticas, forjando la tan mentada UNIDAD, comprendiendo que se trata de unidad de propósito (recuperar la República) y de métodos (incluyentes, no-violentos) y no de un talibánico consenso permanente sin lugar para el disenso.

Quienes se dedican al estudio de la resistencia civil y su reconocido éxito (y hay cátedras, departamentos e institutos enteros en las mejores universidades dedicados a esto) han determinado que las ventajas de este tipo de lucha por sobre la alternativa violenta yacen en su capacidad de convocatoria y de apertura de múltiples frentes. La lucha armada sólo puede contar con los más jóvenes, saludables y mayoritariamente (pero no exclusivamente) con los hombres, mientras que la resistencia civil convoca a la más amplia gama de ciudadanos luchando cada uno a su manera y según sus talentos y limitaciones. Por la misma razón, este tipo de lucha permite dar rienda suelta a la imaginación para crear un universo casi inagotable** de formas de pelear por la libertad.

Palabras más, palabras menos, todo lo anterior se resume en entender que la resistencia civil funciona sumando y no restando y aunque nos cueste reconciliarlo moralmente, debemos aceptar que no es sólo de nuestras filas que deben venir los números. Un solo desertor de las huestes adversarias (civiles y no civiles) es más que un problema de relaciones públicas para el tirano: cada uno es una grieta más en alguno de sus pilares de apoyo.

Despreciar el altísimo costo político y personal que incurren una Ortega Díaz o un Saab Fornino no sólo es ruin, sino estratégicamente ruinoso. Todos, nadie más que yo, queremos justicia y deseamos que paguen todos los que deben pagar. Pero, repito, el objetivo tiene que ser recuperar la República. Para lo demás habrá tiempo, voluntad y recursos.

La mejor manera de evitar que el enemigo huya hacia adelante (er, digoo, se radicalice) es lograr que los suyos no lo sigan. Salvo en la presencia de una disonancia cognitiva absoluta, la negación de la realidad se suspende momentáneamente al poner la cabeza en la almohada. No los dejemos dormir y tendámosle la mano a los desvelados. Para el desertor pues, puente de plata y punto. Si no, la resistencia civil está condenada al fracaso.

P.S.: Antes de pulsar “publish” al artículo, decidí revisar las redes para ver si había algún nuevo “desertor”. Bienvenido, Maestro, al lado correcto de la historia.

*Why Civil Resistance Works: The Strategic Logic of Nonviolent Conflict, Maria Stephan and Erica Chenoweth, Columbia University Press, 2011
**La Albert Einstein Institution, dirigida por el gurú de la lucha no-violenta, Gene Sharp, publica una lista de 198 “armas no violentas” para la resistencia civil. Una descripción y ejemplos históricos de cada una se pueden encontrar en el volumen dos de La Política de la Acción No-violenta de Sharp. La lista (en inglés) se puede consultar AQUÍ.

LAS COSAS POR SU NOMBRE

 

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“El principio de la sabiduría es llamar a las cosas por su nombre” Confucio

Por presos políticos y prisioneros de conciencia (que son dos figuras distintas) se entiende cualquier persona a la que se mantenga en la cárcel o detenida de otro modo, por ejemplo, bajo arresto domiciliario, porque sus ideas suponen un desafío o una amenaza para un régimen que ostenta el poder. Se les encierra por su procedencia étnica, tendencia sexual, creencia religiosa, origen nacional o social y por sus ideas políticas.

Los prisioneros de conciencia se distinguen de los políticos por su rechazo expreso o implícito a proponer o utilizar la violencia. Gandhi, las veces que estuvo preso, fue un prisionero de conciencia mientras que Mandela, a lo largo de sus 27 años en Robben Island, y las prisiones de Pollsmoor y Victor Verster, fue un preso político, ya que no renunció jamás a la lucha armada hasta la caída del Apartheid.

La utilización de este tipo de represión persigue tres fines principales: en primer lugar, la prisión pretende castigar al afectado para que no reincida en cualquiera que sea la actitud que llevó a su castigo, castigo que a menudo viene acompañado de torturas u otros tratos crueles inhumamos o degradantes.

En segundo lugar, mediante el encarcelamiento del individuo o grupo de ellos, el régimen intenta poner en vitrina pública una consecuencia ejemplarizante de lo que implica oponérsele, tratando de intimidar con el ejemplo a cualquiera que pudiera tener ideas o intenciones similares.

Finalmente, con la privación de libertad, el régimen procura sacar al individuo del “tablero de juego” para impedirle actuar sobre la palestra pública mediante acciones contra el régimen o mediante la simple divulgación de sus ideas. Esta última intención es quizás la que más a menudo suele fracasar, dado su potencial para convertir al recluso en mártir. Los ejemplos de Gandhi y Mandela vuelven a la mente.

Sin embargo, la utilización del encarcelamiento  y maltrato de un individuo para afectar directa y de manera puntual el comportamiento de terceros que se encuentran fuera del recinto carcelario es algo distinto, que no cabe dentro de la definición formal del prisionero político o de conciencia.

Cuando un individuo o grupo es extraído de su entorno normal y retenido para compeler la acción u omisión por parte de sus correligionarios, familiares, amigos, etc. bajo amenazas de causarle daño físico o de otra índole, ese individuo es un rehén.

Llamemos las cosas por su nombre.

 

ESCUALOS Y ESCUÁLIDOS

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Ante la disyuntiva de enfrentar al tiburón en la tierra o en el agua, optamos, una y otra vez, por hacerlo en el medio líquido; en su elemento; donde tiene plena ventaja, todas las de ganar. Perdemos batalla tras batalla y si no ponemos al menos un pie en la orilla, en tierra firme y amigable, seremos liquidados. Y el escualo, que no puede, no sabe detenerse, seguirá sonriente su  camino, dejando tras de sí una estela de sangre y destrucción.

Primero se intentó la fuerza. Se dio un golpe y se recibieron veinte a cambio. Fracasó. No se detuvieron a pensar que quien combate un incendio con un fósforo, sólo ayuda a quemar la casa. No quisieron siquiera escuchar que la opción armada tiene éxito en sólo un 26% de los casos, e incluso cuando se logra salir de un déspota por medios violentos, sólo el 4% de quienes logran el cambio por esta vía disfrutan de gobiernos democráticos y estables 5 años después. Y aún hay quienes, desde el destierro y vía Twitter, suplican que se reintente, anhelando que un mítico escuadrón de anticuerpos kamikaze se separe de la masa cancerosa y lo haga por ellos.

Después se intentó con la ley y las instituciones. Se obvió la evidencia histórica de que elecciones, referendos y eventuales procesos constituyentes están condenados a la ruina cuando el adversario no sólo controla el aparato comicial sino hasta la potestad de decidir cuándo y cómo se desplegará, contando además con todo el arsenal de intimidación y desmovilización, fraude, chantaje, soborno, etc. que la mente humana es capaz de idear. Y aún no se acepta lo que la derrota camuflada de victoria del 06/12/16 debió demostrar: que, ante el poder omnímodo, hasta ganando se pierde.

Luego, tras un largo período de reagrupación de fuerzas, se decidió negociar con el escualo, ignorando que ninguna de las condiciones para negociar estaban presentes y guardando bajo llave la única palanca. No se quiso aceptar que no se poseía nada que le interesase al adversario para intercambiar, que no se contaba con fuentes alternas para presionar o que se carecía de medios verosímiles de castigar la inevitable estafa. Para colmo, se escogió como mediadores a tres ceros a la izquierda (literal y figurativamente) y al líder de un país que no conoce de economía, militares o tribunales. Esto se hizo dos veces, obteniendo como resultado un escualo más orondo, con más dientes y más reposado.

A lo largo de cada una de estas acciones (y en los intermedios), en una muestra más de optimismo bobo, nunca se abandonó el (no tan) secreto anhelo de que la entropía vendría al rescate. Jamás se ha perdido la fe ciega en que una combinación de desesperación con vergüenza, junto con las leyes del mercado y alguna especie de realpolitik tropical (en síntesis, que “esto se cae de Maduro”), salvará a la patria del viacrucis. Más temprano que tarde, se dijo y se dice, bajarán los cerros a la calle; por el hambre, por la falta de medicinas, por la nacionalidad del escualo; a pesar de las amplias evidencias de que jamás lo han hecho, ni aquí ni en ninguna parte.

En contra de toda la evidencia histórica acumulada a lo largo del siglo pasado y lo que va del actual, aún enfrascados en el optimismo bobo, se continuó apelando al deber ser como una panacea a todos los males. La vía electoral será, se dijo y se sigue diciendo, la solución para todos los problemas; desde los más existenciales como la refundación de la república, hasta los más puntuales como la liberación de los rehenes. Se insiste en que debe haber elecciones para que haya libertad y sólo causa furia cualquier sugerencia de que es al revés, reprimiéndose con todas las armas al alcance (maquinaria, presupuesto, desestimación, mofa, escarnio público) a todo aquél que plantease una verdadera estrategia de resistencia civil, privilegiando siempre tácticas inefectivas e incoherentes.

La oposición desde las instituciones y los cargos públicos (parlamentarios, gobernadores, alcaldes, etc.) es importante y necesaria, especialmente porque garantiza una red institucional de seguridad sobre la cual aterrizar al final de la lucha. Pero en ninguna parte del mundo o período de la historia se ha derrocado una tiranía desde las curules o los ayuntamientos. Esto es lo que los estudiosos del sistema ruso han denominado “oposición estructural” y ni en ese país ni en otros lugares donde existe, será capaz de cumplir, por sí sola, las promesas de sus panfletos. En muchos casos hasta le es útil al tirano porque, más que ninguna otra cosa, lo legitima.

La resistencia civil (no violenta, económica, política, laboral, social, académica, psicológica, etc.)  no se presta a ser dirigida desde las instituciones de la estructura formal, por lo cual es imperativo que comprendamos que “Unidad” debe significar unidad de objetivo (salida del régimen y refundación de la república) y de criterios (resistencia no-violenta, democrática, humanista) y no el control monolítico y caudillista de todos los procesos que muchos exigen.

Se debe aceptar que la estrategia de oposición y la de resistencia, siendo cosas bien distintas, pueden y deben coexistir, y para ello es necesario que entre ellas no se pisen las mangueras. La estrategia de oposición se basa en la relegitimación del desiderátum, mientras que la de la resistencia se fundamenta en el socavamiento de las fuentes reales (prácticas, terrenales) del poder del tirano.

A la estrategia de la oposición y la estrategia de la resistencia las separa la guillotina de Hume, aquella que separa el deber ser del es y, por lo tanto, no pueden estar dirigidas por las mismas personas, ni deben los dos (o más) grupos que las adelantan tratar de neutralizarse entre sí.

ADVOCATUS DIABOLI

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“…el demonio puede citar la Escritura para justificar sus designios. Un alma perversa que apela a testimonios sagrados es como un bellaco de risueño semblante, como una hermosa manzana de corazón podrido. ¡Oh, qué bello exterior puede revestir la falsedad!” William Shakespeare, The Tempest

El diálogo consiste en el intercambio para alcanzar el conocimiento mutuo de aspiraciones con el fin de lograr acuerdos. Para los expertos en resistencia civil el diálogo con el opresor queda descartado de entrada, dado el conocimiento ab initio de que las únicas aspiraciones del adversario son permanecer en el poder o, en su defecto, escapar las consecuencias de sus fechorías y poder disfrutar plenamente de su botín. Según el gurú de la resistencia civil, Gene Sharp, lo único que se debe conversar con el tirano es la fecha de su partida (o sea, ya). Sin embargo, es una realidad política que, ante los ojos del mundo y nuestra propia consciencia, negarnos a hablar nos resta credibilidad democrática, sumergiéndonos en los mismos bajos fondos donde repta el contrincante.

Ante lo anterior, entonces, pareciera que lo que se impone en nuestra situación sería no un diálogo sino una negociación. Pero, si la libertad sólo puede afrontarse como un juego suma-cero, ¿cómo negociar sin abandonar el cambio de régimen en favor de una amarga cohabitación transaccional?

Aún en el supuesto de que el diálogo, o negociación, o debate (que son tres cosas distintas) sea parte de una estrategia viable para recuperar la República y la libertad, no podemos soslayar las lecciones que aprendimos quienes nos ganábamos la vida negociando. Para que una negociación entre un demandado (el fuerte) y un demandante (el débil) tenga alguna posibilidad de éxito para el demandante, se deben cumplir al menos algunos preceptos básicos, en ausencia de los cuales la victoria será siempre para el fuerte.

De entrada, es necesario que ambas partes al menos profesen aspirar a un macro-resultado similar. Como toda negociación se reduce ultimadamente a un “toma y dame”, también es esencial que ambas partes tengan conjuntos similares de “bienes” a canjear. La parte demandante debe asimismo presentar evidencias convincentes de que tiene fuentes alternativas de lo que le exige al demandado, así como poseer formas reales y creíbles de castigar al demandado si no se cumplen eventuales acuerdos producto de la negociación.

Debe estar claro que casi ninguna de estas condiciones estaba presente durante el remedo de diálogo que nos tocó presenciar (o, mejor dicho, sufrir vía Twitter). Las aspiraciones finales de las partes no pueden estar más diametralmente opuestas cuando el fuerte pretende preservar un modelo de desarrollo condenado al fracaso y gozar de impunidad, mientras que el débil exige lo contrario. Luego de 18 años la cesta de bienes canjeables del débil está casi vacía luego de la destrucción del aparato productivo y del sometimiento de todas las instituciones del Estado y de la sociedad civil y las fuentes alternativas de lo demandado fueron aplastadas o cómplices. Y si acaso algún elemento le quedaba al débil, el del castigo, lo entregó antes de sentarse a la mesa.

Finalmente, para que la negociación sea aceptable para ambas partes, éstas deben proveerse de un foro y/o un(os) facilitador(es) no sólo de intachable reputación sino con experiencia y conocimiento enciclopédicos en torno a los temas de fondo (filosóficos y materiales) que han llevado a las partes al impasse. Debe ser alguien también quien, al ser imparcial hacia ambos bandos, sí tenga que perder ante el fracaso de su gestión, por lo cual es preferible que el o los facilitadores estén en pleno ejercicio de un alto cargo o tengan la posibilidad de estarlo en el futuro cercano. De ahí que una terna de ex-mandatarios sin posibilidad de reelección sólo puede estorbar en estas lides. Pero más insólita aún resulta la elección del facilitador principal.

Es incomprensible que el demandante en nuestro caso haya aceptado como facilitador al líder de un país donde el cargo de Jefe de Estado es de autócrata vitalicio y se asciende a él por decisión colegiada de un grupo de altos funcionarios designados por anteriores Jefes de Estado. La selección se lleva a cabo siguiendo lineamientos presuntamente místicos, aunque es bien sabido que la política interna puede ser tan “compleja” como la de cualquier otro sistema.

El Jefe de Gobierno es nombrado a dedo por el Jefe de Estado, sin proceso de confirmación alguno, al igual que los ocupantes de todos los cargos del Poder Ejecutivo, y no existen en ese país siquiera los mínimos formalismos de una separación e independencia entre los demás poderes del Estado. Tampoco hay divisiones administrativas o mecanismos de gobernanza regionales o locales. En este sistema basado en el misticismo, toda legislación propuesta por el poder legislativo debe ser aprobada por el Jefe de Estado, considerado oficialmente como “infalible”, y los asuntos criminales importantes se ventilan en los tribunales de un país vecino.

Salvo por una pequeña guardia pretoriana, compuesta por ciudadanos de otro país vecino (obligatoriamente de la misma religión del Jefe de Estado), no existen fuerzas armadas, dado que la seguridad y defensa está en manos del mismo país vecino donde se ventilan los asuntos criminales.

No existen partidos políticos de ninguna índole. Existen una sola estación de televisión y una sola de radio, así como un único periódico, todos propiedad de y controlados por el Estado. Las seis universidades existentes están estrechamente vinculadas al misticismo oficial.

Este país no posee economía o industria de ningún tamaño apreciable, dado que no produce (y menos exporta) nada en cantidades notables y vive de tributos recolectados en países generalmente más pobres. Si bien su política de promocionar grandes masacres de alcance mundial se ha suavizado en los últimos siglos, su política exterior aún contribuye de manera importante al fracaso de programas internacionales para la reducción de la pobreza y la prevención de enfermedades de transmisión sexual.  El Estado es, además, un reconocido violador de los derechos humanos, en particular de los niños.

Se añade a esto la pública antipatía del mandatario al libre mercado y su adherencia a la Teología de la Pastoral Popular y la mesa está servida para el fracaso.

Debo aclarar que, no obstante mi posición personal ante lo místico, el presente no es un argumento religioso o un ataque personal. Simplemente, ante los argumentos anteriores, debería quedar claro que, fuera de los estados abiertamente parias, el Jefe de Estado de este país es posiblemente el menos indicado para fungir como facilitador en nuestra crisis política, económica, jurídica, militar y sobre todo terrenal ya que, citando nuevamente a Shakespeare: “El infierno está vacío y todos los demonios están aquí”[1].

[1] The Tempest

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WASHINGTON D.C. (Derrota Contundente)

 “Le Bon Dieu est dans le détail” Gustave Flaubert
OAS_Bomb Ya sea el bien o el mal el que mora en el detalle, el mensaje es el mismo: el detalle importa. Y si escudriñamos con ojo diplomático las actuaciones y la Declaración que trascendieron a la Reunión Extraordinaria del Consejo Permanente de la OEA del 1º de los corrientes, es imposible concluir que dichos resultados sean otra cosa que una  contundente derrota  para la clepto-satrapía proto-fascista de corte tropical que aflige a Venezuela durante casi dos décadas.
Es comprensible que algunos menos avezados consideren que el SG Almagro fue vencido y se consideren estafados por un supuesto aquelarre de “chulos” del régimen o el egoísta “Club de Presidentes” de siempre. Pero cualquier expectativa de que de esa primera reunión saldrían airadas condenas contra nuestra tiranía sui géneris y hasta sanciones, estaba destinada a la más aplastante desilusión. La diplomacia, especialmente la multilateral, no funciona así. Esta tiene sus tiempos, su lenguaje propio. Y este lenguaje se expresa en los detalles.
En primer lugar tenemos las actuaciones. Gracias a Luis Almagro y aunque no se haya hecho de la manera que él planteaba (recordemos que lo que quedan son los resultados, no las intenciones), el 1º de junio el mundo entero pudo ver a un régimen llevado al banquillo de los acusados por la totalidad de sus pares continentales y la prensa internacional durante un procedimiento televisado (bueno, Web-cast). Ahí, rodeados sólo por un corillo de reconocidos congéneres y secuaces, los aprendices de brujo de la diplomacia bolivarista intentaron por todos los medios reemplazar el texto de la mayoría con uno propio, siendo ignorados de la manera menos sutil. ¿Que se negoció en secreto? ¿Que no nos complace a todos? ¡Pues claro! Así es la diplomacia. El consenso es, más a menudo que no, el denominador común más bajo. Garantía de desagradar a todos por parejo.
No obstante los insultos proferidos antes, durante y después de las actuaciones, de las deliberaciones emerge un consenso: en Venezuela hay una “situación”. Consenso este al cual la Misión Permanente de Venezuela ante la OEA y sus adláteres se pliegan, sin duda sin querer, por la naturaleza misma del proceso. Consenso, además, que ha resultado la mejor publicidad posible (sin siquiera mencionarlo) para un informe de 132 páginas disponible en Internet en el idioma (relevante) de vuestra preferencia y cuyo hipervínculo le ha dado la vuelta al mundo gracias a la prensa y a la misma Secretaría de la OEA.
Más allá de que la Declaración de por si oficializa el consenso en torno a que Venezuela requiere la búsqueda de soluciones a su situación” (lo cual de por sí, insisto, es un salto cuántico), el texto de la declaración incluye unas verdaderas perlas, las cuales confieso no esperaba ver tan temprano en el proceso.
La insistencia en el texto de la inclusión en el diálogo de “otras autoridades constitucionales” es una alusión clara y directa a la Asamblea Nacional, mientras que el “apoyo…a los procedimientos constitucionales” claramente se refiere al Referéndum Revocatorio.
Si bien la Declaración dedica un tercio de su texto a “la iniciativa de los ex presidentes” (cuyas costuras ya se veían por doquier pero se mostraron a prueba de sastre luego de la infeliz reunión de Zapatero con Leopoldo López), inmediatamente agrega un párrafo entero  respaldando “diferentes iniciativas de diálogo nacional” en clara señal de que no todos los autores estaban casados con la mediación Zapatero-UNASUR del párrafo anterior. De haber participado en centenares de negociaciones similares, no me cabe duda de que esto se incluye a insistencia de “alguien” para imponer “equilibrio”. Sospecho de EEUU/Canadá/México.
Dejando lo mejor para el final, no pude contener la satisfacción cuando constaté que la Declaración abre y cierra con sendas menciones a la “democracia representativa”. En el Párrafo Preambular Único se estima que esta es “condición indispensable para la estabilidad, la paz y el desarrollo” (texto tomado, en efecto, de la misma CDI) mientras que en el Dispositivo 3º se habla del respaldo a la “consolidación de la democracia representativa”. Nadie, menos un diplomático, pide que se consolide lo que ya está consolidado.
Quienes observamos con detenimiento las negociaciones que llevaron a la adopción de la Carta Democrática Interamericana años atrás, recordamos aún con profundo pesar el papel estelar que jugó la diplomacia bolivarista para debilitar el texto, desproveyéndolo de dientes, mediante un sinfín de peripecias, casi todas destinadas a establecer una definición de democracia que no fuera más allá de lo formal (elecciones periódicas y punto).
Con visión retrospectiva (siempre 20/20) vemos que los planes del régimen ya se urdían, por lo cual hicieron lo inconfesable por lograr la introducción de su concepto de democracia “participativa” a largo del texto, logrando apenas una escueta referencia al  “carácter participativo de la democracia en nuestros países” mientras que en las 8 oportunidades en que se califica en la CDI a la democracia deseable se le tilda de “representativa”.
Y, de todos los poderes del Estado, ¿Cuál sino el Parlamento es por forma, función, designación y definición el más representativo?
Pero hablando en serio y antes que me tilden de iluso, celebro estas acciones de la OEA por el simple hecho de estimar que, salvo que el régimen comience a fusilar disidentes, a envenenar los embalses o esterilizar a los opositores, es prácticamente lo mejor que podemos esperar del organismo. Lo celebro, en otras palabras, porque es lo que es.
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