EL PUENTE DE PLATA

Silver bridge¿“No destruyo a mis enemigos cuando los hago mis amigos”? 
Abraham Lincoln

La reacción popular a la carta-video de Yibram Saab Fornino a su padre ni siquiera esperó a que se secaran los bytes en el ciberespacio para asomar cabeza. Desde los improperios, pasando por “muy poco, muy tarde” y llegando hasta ¡qué valiente!, ¡qué lindo!, los juicios del vulgo continúan colmando las redes, pero, al menos en lo que he visto, el veredicto es predominantemente negativo y/o está tiznado del espurio e irrisorio savoir faire de politólogos domingueros denunciando sofisticadísimos ardides.

Similares tratos han recibido la Fiscal, la jueza que salvó el voto, los militares que piden asilo en Colombia y hasta Juan Manuel Santos. E incluso quienes acogen las actuaciones o gestos a regañadientes, no resisten finalizar con un “tarde piaste, pajarito, ¡igual vas a pagar!”. Y es quizás esto último la mejor prueba de que, a pesar de lo avanzado del partido, los venezolanos aún no entendemos con qué se come eso de la “resistencia civil”.

La opción por una resistencia civil, es decir: la lucha no violenta, es una decisión estratégica, no una posición principista. No es, per se, un rechazo moral a la violencia sino un reconocimiento pragmático de que, ante tropas armadas, civiles inermes sólo irían al matadero. Es también el reconocimiento de que el adjetivo en la frase “resistencia civil” se refiere a los métodos, no a los participantes ya que el concurso de los militares (por acción u omisión) llega tarde, pero llega y si no, fracasaste. Así ha sido en otras partes, incluso en Venezuela cuando PJ, cuando una gesta civil de años fue apoyada primero por el sector público, luego por las fuerzas de orden y al final por los militares.

La opción es, además, el reconocimiento científico de que la opción armada tiene éxito en sólo un 26% de los casos, e incluso cuando se logra salir de un déspota por esa vía, sólo el 4% de quienes logran el cambio por ella disfrutan de gobiernos democráticos y estables 5 años después*.

Finalmente, la resistencia civil desmonta el mito de que la tiranía consiste en un hombre fuerte, rodeado de un grupúsculo de facinerosos, quienes subyugan a toda una población de millones, al comprender que no hay dictadura posible sin que los sometidos sean partícipes de su propio sometimiento. Y es desde esta epifanía que se deben formular la estrategia y las tácticas, forjando la tan mentada UNIDAD, comprendiendo que se trata de unidad de propósito (recuperar la República) y de métodos (incluyentes, no-violentos) y no de un talibánico consenso permanente sin lugar para el disenso.

Quienes se dedican al estudio de la resistencia civil y su reconocido éxito (y hay cátedras, departamentos e institutos enteros en las mejores universidades dedicados a esto) han determinado que las ventajas de este tipo de lucha por sobre la alternativa violenta yacen en su capacidad de convocatoria y de apertura de múltiples frentes. La lucha armada sólo puede contar con los más jóvenes, saludables y mayoritariamente (pero no exclusivamente) con los hombres, mientras que la resistencia civil convoca a la más amplia gama de ciudadanos luchando cada uno a su manera y según sus talentos y limitaciones. Por la misma razón, este tipo de lucha permite dar rienda suelta a la imaginación para crear un universo casi inagotable** de formas de pelear por la libertad.

Palabras más, palabras menos, todo lo anterior se resume en entender que la resistencia civil funciona sumando y no restando y aunque nos cueste reconciliarlo moralmente, debemos aceptar que no es sólo de nuestras filas que deben venir los números. Un solo desertor de las huestes adversarias (civiles y no civiles) es más que un problema de relaciones públicas para el tirano: cada uno es una grieta más en alguno de sus pilares de apoyo.

Despreciar el altísimo costo político y personal que incurren una Ortega Díaz o un Saab Fornino no sólo es ruin, sino estratégicamente ruinoso. Todos, nadie más que yo, queremos justicia y deseamos que paguen todos los que deben pagar. Pero, repito, el objetivo tiene que ser recuperar la República. Para lo demás habrá tiempo, voluntad y recursos.

La mejor manera de evitar que el enemigo huya hacia adelante (er, digoo, se radicalice) es lograr que los suyos no lo sigan. Salvo en la presencia de una disonancia cognitiva absoluta, la negación de la realidad se suspende momentáneamente al poner la cabeza en la almohada. No los dejemos dormir y tendámosle la mano a los desvelados. Para el desertor pues, puente de plata y punto. Si no, la resistencia civil está condenada al fracaso.

P.S.: Antes de pulsar “publish” al artículo, decidí revisar las redes para ver si había algún nuevo “desertor”. Bienvenido, Maestro, al lado correcto de la historia.

*Why Civil Resistance Works: The Strategic Logic of Nonviolent Conflict, Maria Stephan and Erica Chenoweth, Columbia University Press, 2011
**La Albert Einstein Institution, dirigida por el gurú de la lucha no-violenta, Gene Sharp, publica una lista de 198 “armas no violentas” para la resistencia civil. Una descripción y ejemplos históricos de cada una se pueden encontrar en el volumen dos de La Política de la Acción No-violenta de Sharp. La lista (en inglés) se puede consultar AQUÍ.

LAS COSAS POR SU NOMBRE

 

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“El principio de la sabiduría es llamar a las cosas por su nombre” Confucio

Por presos políticos y prisioneros de conciencia (que son dos figuras distintas) se entiende cualquier persona a la que se mantenga en la cárcel o detenida de otro modo, por ejemplo, bajo arresto domiciliario, porque sus ideas suponen un desafío o una amenaza para un régimen que ostenta el poder. Se les encierra por su procedencia étnica, tendencia sexual, creencia religiosa, origen nacional o social y por sus ideas políticas.

Los prisioneros de conciencia se distinguen de los políticos por su rechazo expreso o implícito a proponer o utilizar la violencia. Gandhi, las veces que estuvo preso, fue un prisionero de conciencia mientras que Mandela, a lo largo de sus 27 años en Robben Island, y las prisiones de Pollsmoor y Victor Verster, fue un preso político, ya que no renunció jamás a la lucha armada hasta la caída del Apartheid.

La utilización de este tipo de represión persigue tres fines principales: en primer lugar, la prisión pretende castigar al afectado para que no reincida en cualquiera que sea la actitud que llevó a su castigo, castigo que a menudo viene acompañado de torturas u otros tratos crueles inhumamos o degradantes.

En segundo lugar, mediante el encarcelamiento del individuo o grupo de ellos, el régimen intenta poner en vitrina pública una consecuencia ejemplarizante de lo que implica oponérsele, tratando de intimidar con el ejemplo a cualquiera que pudiera tener ideas o intenciones similares.

Finalmente, con la privación de libertad, el régimen procura sacar al individuo del “tablero de juego” para impedirle actuar sobre la palestra pública mediante acciones contra el régimen o mediante la simple divulgación de sus ideas. Esta última intención es quizás la que más a menudo suele fracasar, dado su potencial para convertir al recluso en mártir. Los ejemplos de Gandhi y Mandela vuelven a la mente.

Sin embargo, la utilización del encarcelamiento  y maltrato de un individuo para afectar directa y de manera puntual el comportamiento de terceros que se encuentran fuera del recinto carcelario es algo distinto, que no cabe dentro de la definición formal del prisionero político o de conciencia.

Cuando un individuo o grupo es extraído de su entorno normal y retenido para compeler la acción u omisión por parte de sus correligionarios, familiares, amigos, etc. bajo amenazas de causarle daño físico o de otra índole, ese individuo es un rehén.

Llamemos las cosas por su nombre.

 

ESCUALOS Y ESCUÁLIDOS

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Ante la disyuntiva de enfrentar al tiburón en la tierra o en el agua, optamos, una y otra vez, por hacerlo en el medio líquido; en su elemento; donde tiene plena ventaja, todas las de ganar. Perdemos batalla tras batalla y si no ponemos al menos un pie en la orilla, en tierra firme y amigable, seremos liquidados. Y el escualo, que no puede, no sabe detenerse, seguirá sonriente su  camino, dejando tras de sí una estela de sangre y destrucción.

Primero se intentó la fuerza. Se dio un golpe y se recibieron veinte a cambio. Fracasó. No se detuvieron a pensar que quien combate un incendio con un fósforo, sólo ayuda a quemar la casa. No quisieron siquiera escuchar que la opción armada tiene éxito en sólo un 26% de los casos, e incluso cuando se logra salir de un déspota por medios violentos, sólo el 4% de quienes logran el cambio por esta vía disfrutan de gobiernos democráticos y estables 5 años después. Y aún hay quienes, desde el destierro y vía Twitter, suplican que se reintente, anhelando que un mítico escuadrón de anticuerpos kamikaze se separe de la masa cancerosa y lo haga por ellos.

Después se intentó con la ley y las instituciones. Se obvió la evidencia histórica de que elecciones, referendos y eventuales procesos constituyentes están condenados a la ruina cuando el adversario no sólo controla el aparato comicial sino hasta la potestad de decidir cuándo y cómo se desplegará, contando además con todo el arsenal de intimidación y desmovilización, fraude, chantaje, soborno, etc. que la mente humana es capaz de idear. Y aún no se acepta lo que la derrota camuflada de victoria del 06/12/16 debió demostrar: que, ante el poder omnímodo, hasta ganando se pierde.

Luego, tras un largo período de reagrupación de fuerzas, se decidió negociar con el escualo, ignorando que ninguna de las condiciones para negociar estaban presentes y guardando bajo llave la única palanca. No se quiso aceptar que no se poseía nada que le interesase al adversario para intercambiar, que no se contaba con fuentes alternas para presionar o que se carecía de medios verosímiles de castigar la inevitable estafa. Para colmo, se escogió como mediadores a tres ceros a la izquierda (literal y figurativamente) y al líder de un país que no conoce de economía, militares o tribunales. Esto se hizo dos veces, obteniendo como resultado un escualo más orondo, con más dientes y más reposado.

A lo largo de cada una de estas acciones (y en los intermedios), en una muestra más de optimismo bobo, nunca se abandonó el (no tan) secreto anhelo de que la entropía vendría al rescate. Jamás se ha perdido la fe ciega en que una combinación de desesperación con vergüenza, junto con las leyes del mercado y alguna especie de realpolitik tropical (en síntesis, que “esto se cae de Maduro”), salvará a la patria del viacrucis. Más temprano que tarde, se dijo y se dice, bajarán los cerros a la calle; por el hambre, por la falta de medicinas, por la nacionalidad del escualo; a pesar de las amplias evidencias de que jamás lo han hecho, ni aquí ni en ninguna parte.

En contra de toda la evidencia histórica acumulada a lo largo del siglo pasado y lo que va del actual, aún enfrascados en el optimismo bobo, se continuó apelando al deber ser como una panacea a todos los males. La vía electoral será, se dijo y se sigue diciendo, la solución para todos los problemas; desde los más existenciales como la refundación de la república, hasta los más puntuales como la liberación de los rehenes. Se insiste en que debe haber elecciones para que haya libertad y sólo causa furia cualquier sugerencia de que es al revés, reprimiéndose con todas las armas al alcance (maquinaria, presupuesto, desestimación, mofa, escarnio público) a todo aquél que plantease una verdadera estrategia de resistencia civil, privilegiando siempre tácticas inefectivas e incoherentes.

La oposición desde las instituciones y los cargos públicos (parlamentarios, gobernadores, alcaldes, etc.) es importante y necesaria, especialmente porque garantiza una red institucional de seguridad sobre la cual aterrizar al final de la lucha. Pero en ninguna parte del mundo o período de la historia se ha derrocado una tiranía desde las curules o los ayuntamientos. Esto es lo que los estudiosos del sistema ruso han denominado “oposición estructural” y ni en ese país ni en otros lugares donde existe, será capaz de cumplir, por sí sola, las promesas de sus panfletos. En muchos casos hasta le es útil al tirano porque, más que ninguna otra cosa, lo legitima.

La resistencia civil (no violenta, económica, política, laboral, social, académica, psicológica, etc.)  no se presta a ser dirigida desde las instituciones de la estructura formal, por lo cual es imperativo que comprendamos que “Unidad” debe significar unidad de objetivo (salida del régimen y refundación de la república) y de criterios (resistencia no-violenta, democrática, humanista) y no el control monolítico y caudillista de todos los procesos que muchos exigen.

Se debe aceptar que la estrategia de oposición y la de resistencia, siendo cosas bien distintas, pueden y deben coexistir, y para ello es necesario que entre ellas no se pisen las mangueras. La estrategia de oposición se basa en la relegitimación del desiderátum, mientras que la de la resistencia se fundamenta en el socavamiento de las fuentes reales (prácticas, terrenales) del poder del tirano.

A la estrategia de la oposición y la estrategia de la resistencia las separa la guillotina de Hume, aquella que separa el deber ser del es y, por lo tanto, no pueden estar dirigidas por las mismas personas, ni deben los dos (o más) grupos que las adelantan tratar de neutralizarse entre sí.

ADVOCATUS DIABOLI

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“…el demonio puede citar la Escritura para justificar sus designios. Un alma perversa que apela a testimonios sagrados es como un bellaco de risueño semblante, como una hermosa manzana de corazón podrido. ¡Oh, qué bello exterior puede revestir la falsedad!” William Shakespeare, The Tempest

El diálogo consiste en el intercambio para alcanzar el conocimiento mutuo de aspiraciones con el fin de lograr acuerdos. Para los expertos en resistencia civil el diálogo con el opresor queda descartado de entrada, dado el conocimiento ab initio de que las únicas aspiraciones del adversario son permanecer en el poder o, en su defecto, escapar las consecuencias de sus fechorías y poder disfrutar plenamente de su botín. Según el gurú de la resistencia civil, Gene Sharp, lo único que se debe conversar con el tirano es la fecha de su partida (o sea, ya). Sin embargo, es una realidad política que, ante los ojos del mundo y nuestra propia consciencia, negarnos a hablar nos resta credibilidad democrática, sumergiéndonos en los mismos bajos fondos donde repta el contrincante.

Ante lo anterior, entonces, pareciera que lo que se impone en nuestra situación sería no un diálogo sino una negociación. Pero, si la libertad sólo puede afrontarse como un juego suma-cero, ¿cómo negociar sin abandonar el cambio de régimen en favor de una amarga cohabitación transaccional?

Aún en el supuesto de que el diálogo, o negociación, o debate (que son tres cosas distintas) sea parte de una estrategia viable para recuperar la República y la libertad, no podemos soslayar las lecciones que aprendimos quienes nos ganábamos la vida negociando. Para que una negociación entre un demandado (el fuerte) y un demandante (el débil) tenga alguna posibilidad de éxito para el demandante, se deben cumplir al menos algunos preceptos básicos, en ausencia de los cuales la victoria será siempre para el fuerte.

De entrada, es necesario que ambas partes al menos profesen aspirar a un macro-resultado similar. Como toda negociación se reduce ultimadamente a un “toma y dame”, también es esencial que ambas partes tengan conjuntos similares de “bienes” a canjear. La parte demandante debe asimismo presentar evidencias convincentes de que tiene fuentes alternativas de lo que le exige al demandado, así como poseer formas reales y creíbles de castigar al demandado si no se cumplen eventuales acuerdos producto de la negociación.

Debe estar claro que casi ninguna de estas condiciones estaba presente durante el remedo de diálogo que nos tocó presenciar (o, mejor dicho, sufrir vía Twitter). Las aspiraciones finales de las partes no pueden estar más diametralmente opuestas cuando el fuerte pretende preservar un modelo de desarrollo condenado al fracaso y gozar de impunidad, mientras que el débil exige lo contrario. Luego de 18 años la cesta de bienes canjeables del débil está casi vacía luego de la destrucción del aparato productivo y del sometimiento de todas las instituciones del Estado y de la sociedad civil y las fuentes alternativas de lo demandado fueron aplastadas o cómplices. Y si acaso algún elemento le quedaba al débil, el del castigo, lo entregó antes de sentarse a la mesa.

Finalmente, para que la negociación sea aceptable para ambas partes, éstas deben proveerse de un foro y/o un(os) facilitador(es) no sólo de intachable reputación sino con experiencia y conocimiento enciclopédicos en torno a los temas de fondo (filosóficos y materiales) que han llevado a las partes al impasse. Debe ser alguien también quien, al ser imparcial hacia ambos bandos, sí tenga que perder ante el fracaso de su gestión, por lo cual es preferible que el o los facilitadores estén en pleno ejercicio de un alto cargo o tengan la posibilidad de estarlo en el futuro cercano. De ahí que una terna de ex-mandatarios sin posibilidad de reelección sólo puede estorbar en estas lides. Pero más insólita aún resulta la elección del facilitador principal.

Es incomprensible que el demandante en nuestro caso haya aceptado como facilitador al líder de un país donde el cargo de Jefe de Estado es de autócrata vitalicio y se asciende a él por decisión colegiada de un grupo de altos funcionarios designados por anteriores Jefes de Estado. La selección se lleva a cabo siguiendo lineamientos presuntamente místicos, aunque es bien sabido que la política interna puede ser tan “compleja” como la de cualquier otro sistema.

El Jefe de Gobierno es nombrado a dedo por el Jefe de Estado, sin proceso de confirmación alguno, al igual que los ocupantes de todos los cargos del Poder Ejecutivo, y no existen en ese país siquiera los mínimos formalismos de una separación e independencia entre los demás poderes del Estado. Tampoco hay divisiones administrativas o mecanismos de gobernanza regionales o locales. En este sistema basado en el misticismo, toda legislación propuesta por el poder legislativo debe ser aprobada por el Jefe de Estado, considerado oficialmente como “infalible”, y los asuntos criminales importantes se ventilan en los tribunales de un país vecino.

Salvo por una pequeña guardia pretoriana, compuesta por ciudadanos de otro país vecino (obligatoriamente de la misma religión del Jefe de Estado), no existen fuerzas armadas, dado que la seguridad y defensa está en manos del mismo país vecino donde se ventilan los asuntos criminales.

No existen partidos políticos de ninguna índole. Existen una sola estación de televisión y una sola de radio, así como un único periódico, todos propiedad de y controlados por el Estado. Las seis universidades existentes están estrechamente vinculadas al misticismo oficial.

Este país no posee economía o industria de ningún tamaño apreciable, dado que no produce (y menos exporta) nada en cantidades notables y vive de tributos recolectados en países generalmente más pobres. Si bien su política de promocionar grandes masacres de alcance mundial se ha suavizado en los últimos siglos, su política exterior aún contribuye de manera importante al fracaso de programas internacionales para la reducción de la pobreza y la prevención de enfermedades de transmisión sexual.  El Estado es, además, un reconocido violador de los derechos humanos, en particular de los niños.

Se añade a esto la pública antipatía del mandatario al libre mercado y su adherencia a la Teología de la Pastoral Popular y la mesa está servida para el fracaso.

Debo aclarar que, no obstante mi posición personal ante lo místico, el presente no es un argumento religioso o un ataque personal. Simplemente, ante los argumentos anteriores, debería quedar claro que, fuera de los estados abiertamente parias, el Jefe de Estado de este país es posiblemente el menos indicado para fungir como facilitador en nuestra crisis política, económica, jurídica, militar y sobre todo terrenal ya que, citando nuevamente a Shakespeare: “El infierno está vacío y todos los demonios están aquí”[1].

[1] The Tempest

el_autor_fue

 

 

WASHINGTON D.C. (Derrota Contundente)

 “Le Bon Dieu est dans le détail” Gustave Flaubert
OAS_Bomb Ya sea el bien o el mal el que mora en el detalle, el mensaje es el mismo: el detalle importa. Y si escudriñamos con ojo diplomático las actuaciones y la Declaración que trascendieron a la Reunión Extraordinaria del Consejo Permanente de la OEA del 1º de los corrientes, es imposible concluir que dichos resultados sean otra cosa que una  contundente derrota  para la clepto-satrapía proto-fascista de corte tropical que aflige a Venezuela durante casi dos décadas.
Es comprensible que algunos menos avezados consideren que el SG Almagro fue vencido y se consideren estafados por un supuesto aquelarre de “chulos” del régimen o el egoísta “Club de Presidentes” de siempre. Pero cualquier expectativa de que de esa primera reunión saldrían airadas condenas contra nuestra tiranía sui géneris y hasta sanciones, estaba destinada a la más aplastante desilusión. La diplomacia, especialmente la multilateral, no funciona así. Esta tiene sus tiempos, su lenguaje propio. Y este lenguaje se expresa en los detalles.
En primer lugar tenemos las actuaciones. Gracias a Luis Almagro y aunque no se haya hecho de la manera que él planteaba (recordemos que lo que quedan son los resultados, no las intenciones), el 1º de junio el mundo entero pudo ver a un régimen llevado al banquillo de los acusados por la totalidad de sus pares continentales y la prensa internacional durante un procedimiento televisado (bueno, Web-cast). Ahí, rodeados sólo por un corillo de reconocidos congéneres y secuaces, los aprendices de brujo de la diplomacia bolivarista intentaron por todos los medios reemplazar el texto de la mayoría con uno propio, siendo ignorados de la manera menos sutil. ¿Que se negoció en secreto? ¿Que no nos complace a todos? ¡Pues claro! Así es la diplomacia. El consenso es, más a menudo que no, el denominador común más bajo. Garantía de desagradar a todos por parejo.
No obstante los insultos proferidos antes, durante y después de las actuaciones, de las deliberaciones emerge un consenso: en Venezuela hay una “situación”. Consenso este al cual la Misión Permanente de Venezuela ante la OEA y sus adláteres se pliegan, sin duda sin querer, por la naturaleza misma del proceso. Consenso, además, que ha resultado la mejor publicidad posible (sin siquiera mencionarlo) para un informe de 132 páginas disponible en Internet en el idioma (relevante) de vuestra preferencia y cuyo hipervínculo le ha dado la vuelta al mundo gracias a la prensa y a la misma Secretaría de la OEA.
Más allá de que la Declaración de por si oficializa el consenso en torno a que Venezuela requiere la búsqueda de soluciones a su situación” (lo cual de por sí, insisto, es un salto cuántico), el texto de la declaración incluye unas verdaderas perlas, las cuales confieso no esperaba ver tan temprano en el proceso.
La insistencia en el texto de la inclusión en el diálogo de “otras autoridades constitucionales” es una alusión clara y directa a la Asamblea Nacional, mientras que el “apoyo…a los procedimientos constitucionales” claramente se refiere al Referéndum Revocatorio.
Si bien la Declaración dedica un tercio de su texto a “la iniciativa de los ex presidentes” (cuyas costuras ya se veían por doquier pero se mostraron a prueba de sastre luego de la infeliz reunión de Zapatero con Leopoldo López), inmediatamente agrega un párrafo entero  respaldando “diferentes iniciativas de diálogo nacional” en clara señal de que no todos los autores estaban casados con la mediación Zapatero-UNASUR del párrafo anterior. De haber participado en centenares de negociaciones similares, no me cabe duda de que esto se incluye a insistencia de “alguien” para imponer “equilibrio”. Sospecho de EEUU/Canadá/México.
Dejando lo mejor para el final, no pude contener la satisfacción cuando constaté que la Declaración abre y cierra con sendas menciones a la “democracia representativa”. En el Párrafo Preambular Único se estima que esta es “condición indispensable para la estabilidad, la paz y el desarrollo” (texto tomado, en efecto, de la misma CDI) mientras que en el Dispositivo 3º se habla del respaldo a la “consolidación de la democracia representativa”. Nadie, menos un diplomático, pide que se consolide lo que ya está consolidado.
Quienes observamos con detenimiento las negociaciones que llevaron a la adopción de la Carta Democrática Interamericana años atrás, recordamos aún con profundo pesar el papel estelar que jugó la diplomacia bolivarista para debilitar el texto, desproveyéndolo de dientes, mediante un sinfín de peripecias, casi todas destinadas a establecer una definición de democracia que no fuera más allá de lo formal (elecciones periódicas y punto).
Con visión retrospectiva (siempre 20/20) vemos que los planes del régimen ya se urdían, por lo cual hicieron lo inconfesable por lograr la introducción de su concepto de democracia “participativa” a largo del texto, logrando apenas una escueta referencia al  “carácter participativo de la democracia en nuestros países” mientras que en las 8 oportunidades en que se califica en la CDI a la democracia deseable se le tilda de “representativa”.
Y, de todos los poderes del Estado, ¿Cuál sino el Parlamento es por forma, función, designación y definición el más representativo?
Pero hablando en serio y antes que me tilden de iluso, celebro estas acciones de la OEA por el simple hecho de estimar que, salvo que el régimen comience a fusilar disidentes, a envenenar los embalses o esterilizar a los opositores, es prácticamente lo mejor que podemos esperar del organismo. Lo celebro, en otras palabras, porque es lo que es.
El_Autor_Fue

 

VENEZUELA, ORPHAN NATION

Bus_JawsSuccess has 100 fathers, but failure is an orphanJohn F. Kennedy 

Though much ado is made about “Failed States”, there is to date no Nation-State to have been so declared by any organisation or mechanism with the mandate or credibility to do so, mainly because there is no consensus on either which organisation that would be, nor on a sufficiently universal definition of what a failed State would entail, though there are also practical reasons why this labelling has been avoided. What is often talked about much more robustly are “Failing States”, a condition for which there does happen to be a set of generally accepted indicators and according to which Venezuela may be qualified as being in a state of grave and sustained state of failing.

Economic indicators

The material tends to be the first consideration in determining State failure, that is: the degree to which a State is failing. A poverty-rate above 80%, galloping inflation at three (rather corn-fed) digits, generalised under and unemployment, a largely informal economy, spiraling domestic and foreign debt, crumbling or non-existent infrastructure, etc., would be enough to declare Venezuela as failing but becomes more serious still when development disparity amongst the different regions is accounted for.

Public Services

The Venezuelan State’s well-documented incapacity to facilitate the delivery of the most basic services such as housing, education, health, sanitation, water, electricity, etc. in a reliable and relatively level manner throughout the territory hardly speaks to the existence of a successful State.

Demographic Pressures

Judging by the conditions of population concentration (overcrowding), mortality rate, shortages of potable water and other basic products for bare existence such as food and medicine, the State fails on every count. The prevalence of persons internally displaced by economic and other disasters, as well as the brain-drain to the near and far abroad and the flight of the politically persecuted also belie the State’s capacity to defend the creation of opportunities as well as its ability to promote and defend human rights.

Social tension

The predominance of social (political) tension and the increasing flare-up of open violence amongst regional, political and social groups in Venezuela are also a clear indication of the State’s growing failure. Pugnacity amongst elites also does not get a pass, particularly between the centre and the periphery, but also within the ruling circle and, increasingly, within the opposition itself.

R2P and the Use of Force

Similarly, the “Responsibility to Protect” (or R2P) finally internationally codified, plays an important role in this type of analysis. The Venezuelan State, far from reserving the monopoly of the use of violence to itself, as in any civilisation worthy of the name, has fomented and even financed the existence of armed non-State groups. Drug traffickers and other more unspeakable international organised crime, common criminals and even pro-regime paramilitary and parapolice groups own the streets of Venezuela today, whilst the populace cower in their homes.

Foreign Intervention

Though Venezuela has not been flagrantly invaded by any foreign military force nor are there Blue Helmets in the country (yet), the country’s independence is belied daily by the ubiquitous presence of Cuban military and intelligence officers, as well as political commissars, which is in open evidence from every important economic, social and political decision, down to the most mundane acts of getting a national ID card or passport and even the mandatory military registration. Furthermore, the quiet but constant interference of the People’s Republic of China in the country’s economic affairs has literally and de facto colonised our oil industry, which today answers almost exclusively to the interests of the Asian giant.

On the other side of this coin, the ever-looming humanitarian crisis has prompted the country’s opposition to demand the regime’s authorisation to petition for international assistance in order to confront the shortages of food and medicine which can only worsen under the current paradigm. That this aid will become imperative in the near future becomes more likely with each passing day that the oil-rich nation is increasingly unable to feed itself.

State Legitimacy

Legitimacy under this criteria is understood as the State’s ability not only to fulfil its R2P, but more specifically in its success in fighting against corruption and abuses of State powers (by, for example, effective division, separation and autonomy of the latter) and its ability to ensure free, fair and transparent elections as well as the rule of law and the comprehensive protection and promotion of indivisible economic, social, cultural, civil and political rights.

Legitimacy also entails, of course, the State’s capacity to relate with other States on the basis of legal, political and moral parity, lest we forget that the State’s ability to project itself internationally is part of the very definition of “State” drilled into us in Poli-Sci 101.

The Venezuelan State fails miserably on both the internal and external dimension of legitimacy. Internally, the existence of scores of political prisoners, widespread electoral fraud, repression of protest and lately the shenanigans regarding a recall referendum, speak of a less than righteous scenario. Externally, the end of the pay-to-play foreign policy of the Chávez years due to the fall in oil prices has unmasked the reality of a cabal of ill-prepared apparatchiks who, armed with little more than weather-beaten slogans, can barely manage to contain their puerile mercurial outbursts. In this respect, the State fails even as a bully.

Finally, this is not some random scale that occurred to me on the fly but rather the yardsticks contained in the literature. It is the gauge applied to determine State failure which, in the end, is really the measure of State viability. This failure is serious but, of course, failure is an orphan.

CAÍDA LIBRE

El éxito tiene muchos padres, pero el fracaso es huérfano”. John F. Kennedy

Venezuela_BusPor mucho que se hable de los llamados “Estados Fracasados”, no hay hasta la fecha ningún Estado-Nación que haya sido así declarado por algún organismo o mecanismo con potestad y credibilidad para hacerlo, fundamentalmente porque no hay consenso ni sobre el mandato que tendría alguna entidad para decretarlo, ni sobre una definición que cuente con un consenso suficientemente universal sobre en qué consiste un Estado fracasado, aunque también existen razones prácticas para evitar semejante denominación. De lo que sí se habla (y con desmedida frecuencia) es que un Estado “está fracasando”, para lo cual sí existe un conjunto de “indicadores”. Según estos, Venezuela presenta un cuadro preocupante de lo que podría calificarse como “pifia grave y sostenida”.

Indicadores económicos

Lo material suele ser lo primero que se considera para determinar el grado de fracaso que presenta el Estado. La tasa de pobreza por encima del 80%, inflación galopante de tres dígitos (maiceados), el desempleo (y sub-empleo) casi generalizado y la economía en gran medida informal que aquejan a Venezuela ya serían suficiente para declararla como pifiando, pero se empeora cuando se toma en consideración otros indicadores utilizados  como las disparidades de desarrollo relativo entre las distintas regiones (o religiones, etnias, afiliaciones políticas, etc.).

Intervención extranjera

Venezuela no ha sido flagrantemente invadida por ninguna fuerza militar foránea ni cuenta con la presencia de cascos azules. Sin embargo, la independencia de Venezuela es desmentida a diario por la ubicuidad de efectivos militares y de inteligencia cubanos, así como de comisarios políticos, la cual se evidencia de manera abierta en las grandes decisiones económicas, políticas y sociales y hasta en el día a díaChina_Kiss_ass de sacar una cédula o inscribirse en el registro militar. Por otro lado, la injerencia callada de la República Popular China en los asuntos económicos del país ha colonizado de facto nuestra industria petrolera. El otro lado de esta moneda es que, ante la crisis cada vez más profunda en el país, la oposición está reclamando asistencia internacional humanitaria para atender el desabastecimiento de medicinas y comida.

 Servicios públicos

La incapacidad del Estado venezolano de asegurar los servicios públicos básicos como la vivienda, educación, salud, saneamiento, agua, electricidad, etc. de manera confiable y relativamente pareja a lo largo de todo el territorio no habla precisamente de un Estado exitoso.

Presiones demográficas

A juzgar por las concentraciones poblacionales, las tasas de mortalidad y la escasez de comida, agua potable y otros productos básicos para la existencia como los medicamentos, el Estado Venezolano también sale raspado.  Tampoco se puede pasar por alto la existencia de personas desplazadas internamente por desastres o motivos económicos. De manera relacionada, también se deben considerar los niveles de emigración, particularmente la fuga de cerebros y la huida de perseguidos políticos que ponen en entredicho la capacidad del Estado venezolano de defender la creación de oportunidades así como su promoción y defensa de los derechos humanos.

Maduro_TimebombTensiones sociales

La existencia de tensiones o violencia abierta entre grupos (regionales, políticos, sociales, etc.) en Venezuela son otra clara indicación de la creciente inviabilidad del Estado. Especial atención merecen las pugnas entre élites, especialmente entre el centro y la periferia, pero también dentro de la propia cúpula gobernante y crecientemente dentro de la propia oposición.

R2P y uso de la fuerza

De igual manera la llamada “responsabilidad de proteger” (R2P por las siglas en inglés), finalmente codificada internacionalmente, juega un papel preponderante en este tipo de análisis. El Estado Venezolano, lejos de reservar el monopolio del uso de la fuerza para sí, ha fomentado la existencia de grupos armados no-Estatales.  El narcotráfico, la delincuencia común desatada y hasta grupos paramilitares y parapoliciales pro-régimen son hoy dueños de las calles de Venezuela.

Legitimidad del Estado

En este baremo se entiende por legitimidad la capacidad democrática del Estado para luchar contra la corrupción y el abuso del poder (mediante, por ejemplo, su efectiva división/separación) y asegurar procesos electorales libres, competitivos, justos y transparentes, así como el estado de derecho y la protección y promoción del conjunto indivisible de los derechos humanos, incluyendo los económicos, sociales y culturales, así como los civiles y políticos.

La legitimidad también incluye, claro está, la capacidad del Estado de relacionarse con otros Estados en un plano de paridad jurídica, política y moral, ya que no podemos obviar que la capacidad de proyectarse internacionalmente forma parte de la definición misma de Estado que nos inculcan en el primer semestre de ciencias políticas.

Estas consideraciones no son cuestión de pedante preciosismo. Es un tema sumamente serio que tiene que ver directamente con la  viabilidad de un país. Lamentablemente, la conclusión más amable en el caso venezolano es que, si bien aún no llegamos, estamos en Quinto Año.